Crónicas escritas desde el Cilindro mágico de Avellaneda. Más precisamente desde la popular local, detrás del arco donde le vi hacer un gol con el pecho a un tal Diego Milito, otro en contra a Ramiro Funes Mori que valió un campeonato y atajar un penal a Agustín Pelletieri

lunes, 28 de noviembre de 2016

Baile

Parafraseando la máxima bilardista los clásicos no se juegan, se ganan. Obviamente ésto es una exageración que tiene más que ver con la actitud que con el dogma en sí. Para ganar (casi) siempre  hay que jugar mejor que el rival, si no es difícil. Pero desde las ganas también se puede empezar a ganar un clásico y a partir de ahí soltarse y jugar.

Ayer Racing le comió el hígado a Independiente desde el minuto cero. Presionando, gananado las divididas, yendo a todas, empujando. Sin demasiada profundidad, es cierto, pero había un solo equipo en la cancha. Los primeros 30 fueron un monólogo. Las segundas pelotas, claves en todo parrido cerrado, fueton siempre nuestras. Y cuando la intensidad tuvo una meseta lógica, Licha se encargó de sacar ese misil de la nada y adentro. Justicia en el resultado, justicia para Lisandro que hacía un tiempo no se le daba.

Clave la presión alta para no dejarlos jugar cómodos y sacarlos de libreto. Licha y Bou corriendo a todos, el doble 5 con un timing perfecto para salir uno y quedarse el otro cerca de los centrales, Romero y Acuña clausurando las bandas. Nobleza obliga, lectura perfecta del Ruso. Así llegó el segundo, presión alta de Aued sobre Ortiz, Licha a Bou y adentro. Lo gritó con el alma la pantera, lo merecía.

Vivo Licha en el penal del tercero. Todo de él para redondear una goleada sin atenuantes. Quedó tiempo para el "ole ole", ovacionarlo a Lisandro y florearse un poco como hace rato no pasaba.

Fue un baile. Puntos altísimos en Licha, Bou, Acuña, pulpo González, Aued, Pillud... pero por sobre todo Racing fue un equipo: compacto, solidario, corto, vertical y letal. Lo dicho, los clásicos se ganan con el alma, pero también se juegan. Y Racing lo jugó. Vaya que lo jugó

lunes, 14 de noviembre de 2016

Gracias Diego!

Ahora sí, se terminó. Las despedidas son esos dolores dulces. Nos dimos la última función que tanto vos como nosotros merecíamos. No estamos acostumbrados a despedir ídolos, es cierto. Por eso mismo fue tan especial. Teníamos que aplaudirte, mimarte, abrazarte. Porque vos, Diego Alberto Milito, sos el máximo ídolo de Racing de los últimos 30 años. Qué menos?

Poco importa el partido, los goles, la exigencia de los rivales. Todo era una excusa y lo sabíamos. La idea era acariciarle el alma (una vez más) al tipo que nos cambió la cabeza. Y viceversa. Ya no somos el mismo club. Y todo gracias vos. A vos y sólo a vos.

Te vi por primera vez allá por 1999, cuando debutabas con ese andar elegante, gambeta corta indescifrable y cierta falta de gol. Prometías, aunque en Racing sabemos de promesas frustradas. Obviamente no sabíamos todo lo que vendría, no éramos conscientes, no calculábamos semejante historia de amor.

Ese joven estético, elegante, siempre erguido parecía que nunca transpiraba. Todo lo hacía sin perder la clase. Incluso en las divididas salía sin roce alguno, evitaba el choque aún cuando era fisiológicamente imposible. El tipo iba en carrera a toda velocidad y al llegar al área, donde todos se apuran y se la sacan de encima, él se tomaba un segundo más y ¡Tuc!, enganchaba haciendo pasar de largo a todos: rivales, compañeros, nuestra mirada en la tribuna. A todos!

Los años en Europa te volvieron un jugador más completo. A esa habilidad innata le agregaste gol, panorama, toque de primera. Te volviste más cerebral. Todos festejamos como propia esa Champions 2010, cuando bailaste a un Barcelona repleto de figuras y en la final la rompiste toda, la dejaste chiquita ante el Bayern. El mundo se rendía a tus pies. Y sabíamos que eras nuestro, que pronto volverías. Siempre dijiste que querías volver, que querías terminar tu carrera acá, con nosotros, con la gente que te vio nacer. Incluso cuando mirabas a todo el mundo futbolístico desde arriba siempre lo dijiste.

Tenías más para perder que para ganar en ese mágico 2014. Racing atravesaba un momento complicado, vos ya no eras el joven encarador y picante del 2001. Pero los dioses no saben de medias tintas. Un partido te alcanzó para despejar dudas. Inteligente, pícaro, letal frente al arco. "Diego está intacto" le dije a un amigo ese día. Y vaya si lo estabas. Pieza fundamental de aquella patriada. La gloria volvía a Avellaneda de tu mano. 

Afuera, cuando las cosas se complicaron saliste a dar la cara. Siempre. Porque los ídolos también son eso: un tipo que sale a decir "vengan de a uno que hay espalda" porque el equipo lo necesita.

No se por qué estoy escribiendo en primera persona, nunca vas a leer ésto. Pero te siento un igual, un hincha más como yo, por eso me tomo esta licencia. Tampoco se por qué te despedimos, si sos como el tango de Troilo: alguien dijo una vez que te fuiste del barrio. Cuándo? Pero cuándo? Si siempre estás llegando...

Gracias Diego!